Durante años hemos hablado de comunicación, marketing, ecommerce y experiencia en tienda física como disciplinas relativamente diferenciadas. Cada una tenía sus objetivos, sus herramientas, sus equipos y sus métricas. Pero mientras las compañías construían estructuras cada vez más especializadas, el consumidor avanzaba exactamente en la dirección contraria.
Para él no existe una campaña de branding, una estrategia de performance, un canal ecommerce o una experiencia en tienda. Lo que existe en su cabeza es una marca que puede descubrir en redes sociales, buscar después en Google, consultar en un marketplace, visitar físicamente, recomendar a través de WhatsApp, encontrar mencionada por un creador de contenido y, cada vez más, preguntar sobre ella a una Inteligencia Artificial antes de tomar una decisión de compra.
Todos esos impactos forman parte de una misma experiencia y, probablemente, ahí se encuentre uno de los grandes retos de la comunicación en el retail actual: conseguir que compañías construidas alrededor de múltiples canales, plataformas y departamentos sean capaces de comportarse, ante el consumidor, como una única marca.
Tu marca también habla cuando no estás haciendo publicidad
Parece que hemos entendido la comunicación como aquello que una empresa decide contar sobre sí misma: una campaña, una nota de prensa, un anuncio, una publicación en redes sociales, una acción de marca…
Sin embargo, en la actualidad, esa definición se queda corta. De hecho, también comunica el tiempo que tarda una web en cargar; o el hecho de encontrar un producto disponible online que después no existe en tienda. También comunica una promoción diferente según el canal desde el que accedamos; la respuesta del servicio de atención al cliente; una devolución complicada; una reseña sin contestar, o la facilidad con la que encontramos información antes de comprar.
Por eso, en retail, la comunicación ya no sucede únicamente alrededor de la experiencia. La experiencia es comunicación.
Y esto, nos guste o no, es algo que obliga a ampliar la mirada, pues construir una marca ya no depende solo de diseñar buenos mensajes, sino de conseguir que aquello que prometemos y aquello que el cliente experimenta sean coherentes.
Porque podemos invertir millones en decir que somos una compañía cercana, innovadora o centrada en el cliente, pero será cada interacción la que valide (o contradiga) esa promesa.
Las marcas ya no deciden solas lo que dicen de ellas
A esta transformación se suma otro cambio importante: las marcas cada vez controlan menos el contexto en el que se habla de ellas, pues una parte creciente de la percepción se construye fuera de sus propios canales.
Por ejemplo, está en las conversaciones de los usuarios, en los comentarios de una publicación, en las opiniones de Google, en los vídeos de los creadores, en las comparativas, en los marketplaces, en los medios y en todo el contenido que otras personas generan alrededor de una compañía.
Y ahora, además, ha llegado pisando fuerte una nueva capa: la Inteligencia Artificial.
Cuando un consumidor pregunta a un asistente cuál es la mejor opción para una determinada necesidad, qué diferencias existen entre dos productos o qué marca tiene mejores valoraciones, la compañía no controla directamente esa respuesta. Eso modifica profundamente la lógica tradicional de la comunicación.
Por eso, ya no basta con preguntarnos qué queremos decir sobre nuestra marca. También tenemos que preguntarnos qué señales estamos generando para que otros (personas, plataformas, buscadores o sistemas de Inteligencia Artificial) entiendan quiénes somos.
La reputación, el contenido, la experiencia de cliente, la autoridad digital, las opiniones, la información de producto o la presencia en terceros empiezan a formar parte de una misma arquitectura de marca.
Y por eso, la comunicación deja así de ser únicamente emisión para convertirse también en escucha, interpretación y construcción de contexto.
La IA puede multiplicar tus mensajes (y tus contradicciones)
Existe cierta tendencia a interpretar la automatización y la Inteligencia Artificial como una amenaza para la dimensión humana de las marcas. Creo que el verdadero riesgo es otro.
La tecnología permite multiplicar la capacidad de una compañía para generar contenidos, personalizar experiencias, optimizar campañas, atender clientes o activar decisiones en tiempo real. Pero también permite multiplicar las incoherencias.
Si cada plataforma optimiza de manera independiente, si los datos están fragmentados o si cada área persigue únicamente sus propios indicadores, podemos terminar construyendo una experiencia técnicamente sofisticada y, al mismo tiempo, completamente desconectada.
Por eso la llegada de la IA no reduce la importancia de la comunicación y de la marca, al contrario, la aumenta.
Cuanta mayor capacidad tengamos para automatizar y personalizar, más necesario será disponer de una idea clara de quién somos, qué queremos representar y qué experiencia queremos construir.
Porque aunque la tecnología puede adaptar miles de mensajes, antes alguien tiene que decidir qué debe permanecer reconocible en todos ellos.
La tienda vende. Pero también construye marca
Lo mismo ocurre cuando analizamos la relación entre comercio físico y digital. Durante años hemos debatido sobre si el ecommerce sustituiría a la tienda. Hoy resulta mucho más interesante entender cómo ambos espacios se alimentan mutuamente.
Una tienda no es únicamente un lugar donde comprar, es también un espacio de descubrimiento, prueba, servicio, contenido, fidelización y construcción de marca.
De la misma manera, una red social puede ser simultáneamente un canal de entretenimiento, comunicación, recomendación y comercio. Un marketplace es punto de venta, pero también buscador y espacio de reputación. Y un ecommerce no es únicamente una infraestructura transaccional: es probablemente uno de los lugares donde una compañía expresa con mayor claridad su propuesta de valor.
Y esto es un claro ejemplo de cómo las fronteras tradicionales entre comunicación, marketing y comercio se están desdibujando.
Por eso quizás deberíamos dejar de preguntarnos qué canal ha conseguido una venta para empezar a entender qué combinación de interacciones ha contribuido a construir la decisión.
Una marca. Cien puntos de contacto. Cero excusas para la incoherencia
El retail nunca había tenido tanta tecnología, tantos datos, tantos canales ni tanta capacidad para conocer y activar al consumidor. Paradójicamente, nunca había sido tampoco tan fácil fragmentar una marca.
El reto de los próximos años no consistirá únicamente en incorporar una nueva plataforma, automatizar otro proceso o estar presentes en el siguiente espacio donde aparezca nuestra audiencia. Consistirá en conectar.
Hablo de conectar el conocimiento del cliente con la activación; la comunicación con la experiencia; la marca con el producto; la tienda con el ecommerce; los datos con las decisiones, y la tecnología con una estrategia capaz de darle sentido.
Porque el consumidor ya vive todo ello como una única realidad. Es decir, no distingue entre branding y performance, y no sabe qué departamento gestiona una aplicación, quién responde en redes sociales o qué tecnología hay detrás de una recomendación.
Y, seamos honestos, tampoco necesita saberlo.
Un usuario solo percibe si una marca le resulta reconocible, relevante y coherente cada vez que interactúa con ella.
Y quizá ahí esté una de las grandes paradojas de esta nueva era del retail: cuanto más sofisticada se vuelve la tecnología que existe detrás de una marca, más importante resulta conseguir que, delante del consumidor, todo parezca sencillo.
En un retail cada vez más automatizado, distribuido y mediado por algoritmos, construir esa coherencia ya no será únicamente una cuestión de comunicación. Será una cuestión de negocio y, cada vez más, una condición para crecer.

Yenthel de la Torre, corporate communications director en Redegal.
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