Hay mercados en Asia donde la ciberseguridad simplemente se practica. Es el caso de Singapur, Japón y Corea del Sur, donde llevan años construyendo una cultura de protección digital que abarca las políticas de Estado e incluso los hábitos cotidianos de sus trabajadores.
Para una empresa latinoamericana que quiera operar en esa región, o que ya lo haga, el entender cómo funciona ese ecosistema es una ventaja competitiva real. Y a continuación, lo explicamos en detalle.
Tres países con un estándar propio
Preguntar en Tokio o Seúl si una empresa tiene protocolo de seguridad digital es casi redundante. La respuesta viene acompañada de formación periódica y herramientas activas, siendo una de las más extendidas el uso de un gestor de contraseñas corporativo: una herramienta que centraliza y cifra todas las credenciales de acceso.
En Singapur, este nivel de exigencia tiene respaldo institucional. Pues el gobierno ha invertido durante años en programas de formación en ciberseguridad para funcionarios y para empresas privadas; también ha desarrollado marcos normativos que cualquier compañía extranjera que quiera operar allí debe conocer.
Por otro lado, Corea del Sur combina una infraestructura tecnológica muy avanzada con una cultura empresarial donde la incorporación de nuevos empleados incluye, casi sin excepción, formación básica en seguridad digital.
Antes de acceder a ningún sistema corporativo, un trabajador en Seúl ya sabe qué puede y qué no puede hacer con sus credenciales. Ese detalle reduce de forma notable el riesgo de errores humanos, la principal puerta de entrada de los ciberataques.
Lo que revelan los números
Ese estándar de exigencia surge porque Asia es una de las regiones del mundo con mayor volumen de ciberataques, y los países más avanzados lo saben bien. De hecho, solo India registró cerca de 1.900 ataques semanales por organización en 2022, muy por encima de la media global.
En Singapur, Japón y Corea del Sur tienen cifras más contenidas precisamente porque llevan años invirtiendo en prevención. Sin embargo, el entorno de amenazas que los rodea es el mismo, y una empresa latinoamericana que opera en esa región queda expuesta a ese mismo contexto desde el primer día.
El operar con socios en Asia para empresas latinoamericanas implica compartir accesos y datos con organizaciones que ya asumen ciertos estándares de protección de manera automática. Si una de las partes llega sin esas medidas, el eslabón más débil es evidente.
Una parte significativa de los ataques que afectan a empresas en la región no explotan contraseñas débiles, cuentas compartidas entre varios empleados o credenciales que llevan meses sin actualizarse. Son problemas conocidos, con soluciones conocidas, que sin embargo siguen siendo habituales en muchas organizaciones.
Qué se puede hacer desde hoy
El punto de partida es ordenar los accesos: revisar quién tiene entrada a qué sistemas y asegurarse de que cada credencial es única. Además, activar la autenticación en dos pasos es otro paso que se puede dar y que bloquea la mayoría de los intentos de acceso no autorizado.
La formación es el segundo pilar. Las empresas de Singapur y Japón confían en las herramientas mientras también invierten en que sus equipos las entiendan y las usen bien; una sesión trimestral sobre buenas prácticas digitales puede reducir la exposición a errores.
Para mejorar la ciberseguridad basta con que cada persona sepa reconocer un correo sospechoso o entienda por qué no conviene usar la misma contraseña en varios sitios. Ese conocimiento básico, bien extendido dentro de un equipo, cambia el perfil de riesgo de toda la organización.
Por último, conviene revisar cómo se comparte información con socios y proveedores externos. En Asia, las empresas más maduras auditan periódicamente los accesos de terceros y establecen protocolos para la transmisión de datos sensibles. El adoptar esta práctica es lo que genera confianza en mercados donde la seguridad digital es importante.

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